sin embargo, cuánto nos cuesta escapar de esa actitud educativa que pone al niño en un altar. Aunque sepamos –y lo sabemos- que esa manera de educar a nuestros hijos no les dará la felicidad.

Llevamos tiempo oyendo hablar de ello: hiperpadres, padres-helicóptero, madres-tigre, padres mánager… Distintas denominaciones y matices de la misma realidad. ¿Qué consecuencias tiene esta manera de educar en la vida de nuestros hijos y, sobre todo, cómo podemos revertirla?

Los hiperniños son niños con tantas extraescolares que no tienen tiempo para jugar. Sus padres se enteran de los deberes a diario en el grupo de WhatsApp del cole (incluso hacen las tareas con ellos o, lo que es peor, por ellos). Sus fines de semana están repletos de viajes, fiestas temáticas, talleres y actividades lúdicas estimulantes. Son niños que deciden qué comen y cuándo comen, a qué hora se van a dormir o dónde pasa la familia las vacaciones. Tienen cero tolerancia a la frustración. Cuando son pequeños, si se caen al suelo, se quedan en el sitio esperando a que alguien los levante. De adolescentes, no son capaces de resolver el más mínimo problema de intendencia. 

La periodista Eva Millet habla de esto en su nuevo libro, Hiperniños, ¿hijos perfectos o hipohijos?, continuación de su primer libro, el exitoso Hiperpaternidad. En esta ocasión, Millet se centra no tanto en la definición del fenómeno como en las consecuencias de este estilo de crianza, en el que se ha pasado de los “niños mueble” de la generación de nuestros padres a los “niños altar”, y en lo que necesitan realmente los niños para ser felices y crecer como personas capaces de desenvolverse en el mundo.

En su primer libro, Eva Millet describía la hiperpaternidad como “una crianza que no solo implica consentir a los hijos sino, también, darles una atención excesiva, ejercida a base de estar siempre encima –de sobrevolar sobre ellos–, anticipándose a sus deseos, resolviendo sus problemas por sistema y justificándolos a ultranza”. Ahora aborda temas como la “generación blandita”, la importancia de poner límites, la frustración que acarrea la crianza con apego llevada al extremo para los padres (sobre todo para las madres) y para los propios niños, la diferencia entre narcisismo y autoestima o la relación de los padres con la escuela. 

Y en su blog, Millet nos da algunas claves de por dónde van los tiros:

Sobreproteger es desproteger. La educación es un proceso a largo plazo y, en parte, se basa en dejar ir, ya que uno de sus objetivos debería ser la adquisición de autonomía de los hijos, algo fundamental.

En la crianza, los límites son tan importantes como el afecto: uno no es un mal padre, ni un dictador, por decir «no» de vez en cuando; al revés.

La baja tolerancia a la frustración no es una enfermedad crónica: el tolerar la frustración puede entrenarse y va a ser muy útil, porque la vida está salpicada de pequeñas y grandes frustraciones.

Ser feliz requiere carácter. Y para ello, los hijos no solo se necesitan conocimientos académicos y un aluvión de «experiencias mágicas» (¡normalmente carísimas!), sino habilidades como son la valentía, la empatía y la curiosidad. Sin olvidar el tiempo para jugar, cada vez más escaso.

A muchos padres y madres les encanta explicar, ya sea de forma explícita o disimulada, lo perfectos que son ellos y sus hijos. Evite creerlos y/o compararse y confíe: en usted y en sus hijos. Además, la perfección, salvo en la naturaleza o en alguna obra de arte, no existe.

 

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